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Desde abril no aparecía por este blog. Lo tenía casi olvidado. Esta noche he soñado con tabaco, no recuerdo qué exactamente, pero había tabaco. Por asociación de ideas, se me ha ocurrido entrar a ver si todavía tenía alguna visita. Pensaba vagamente en cerrarlo, en despedirme o algo, no sé, no tenía una idea clara. Y he visto que todos los días pasa gente por aquí. No muchos, a veces tres o cuatro, a veces quince o veinte. Me ha sorprendido tanto que me he puesto a escribir esta entrada.

No puedo entender que a nadie le interese en realidad cómo me va, pero por si acaso, lo cuento. Siete meses y pico ya desde que no fumo. Se supone que tendría que haber dejado de pensar en tabaco, se supone que estoy desintoxicada y que mi esperanza de vida ha subido nosequé y que mis pulmones están un nosecuánto por ciento más limpios. Se supone que tendría que estar encantada de la vida, del aire puro y todo eso. ¡Si hasta he dejado de escribir y de quejarme! Eso debería ser buena señal, ¿no? Pues no.

He cambiado, es verdad. Me he hecho más estoica, quizá más fuerte. También más autista, menos sociable. He recuperado algo de capacidad de concentración, pero no es la misma que tenía, ni de lejos. Todavía no puedo leer más de media hora seguida, me distraigo.

Tengo la sensación de que pienso menos, de que mis ideas son más pobres, pero eso deben ser imaginaciones mías, nadie parece notarlo. Soy menos feliz, menos capaz de olvidarme de todo y disfrutar de un rato agradable, más responsable y más aburrida. Me siento como si hubiese entrado por fin en algún extraño redil, después de tantos años de hacer lo que me daba la gana. No tengo gana de hacer lo que me da la gana.

Así andamos. No se quejarán los freudianos de cabecera, ahí va carnaza para toda clase de análisis. A los demás, gracias por seguir viniendo por aquí.

Cuando dejé de fumar, una de las cosas que me propuse fue no llevar la cuenta de los días, las semanas, los meses. Total –pensaba yo-, si es para siempre, ¿qué más da el tiempo? Así que, cuando alguien me pregunta cuánto llevo sin fumar, contesto con displicencia que no lo sé, mientras miro distraída el estado de mi manicura.

Miento, claro. Lo sé perfectamente.

Aguanté la nochevieja. Aguanté las muchas noches de insomnio que produce tener que despedir a un par de personas porque el negocio no da para más. Aguanté mirarlos a los ojos porque era mi deber. Aguanté –y sigo aguantando- una carga de trabajo que va a acabar con mi vida social y familiar. Y sigo sin fumar. Ni siquiera me siento orgullosa, la verdad. Pero no creo que un cigarro mejorase mucho las cosas. Quizá un cartón o dos… ;-)

Te leo, os leo, me he indignado con lo de Flickr y Lamarde, pensé en escribir algo en solidaridad, pero no tenía mucho que aportar a lo que ya estaba dicho. No podemos evitar que haya descerebrados en el mundo y que además anden dando la brasa por la red, pero Flickr debía tener a alguien que lo supervisase. Una cosa es ser demócrata y dejar que los usuarios opinen y otra cosa es que personas con la sensibilidad y el gusto de una ameba decidan lo que es adecuado o no.

¿Has visto? Es coger el teclado y empezar a despotricar. Estaba sin ganas de escribir, pero relaja, vaya si relaja.

Por cierto, tú que tienes experiencia, ¿esto del mono es para siempre? Llevo ya varios meses y debería empezar a pasar del humo, pero me cuesta igual que el primer día. Más, quizá. Lo que pasa es que me estoy acostumbrando a estar amargada. Me da casi miedo esta especie de entrenamiento que te lleva a considerar normal el agobio cotidiano. Es como si el músculo de apretar los dientes y tirar palante se me hubiese fortalecido. No sé si eso es bueno o malo, pero es lo que hay.

Gracias por interesarte.

He podido con las torturantes cenas y las sobremesas alcohólicas más torturantes aún, si cabe*.

He aguantado las palizas inmisericordes de los parientes más plastas. Todos ellos me han asegurado que estoy más gordita pero que me queda bien. También me han explicado con todo lujo de detalles cómo han dejado de fumar o cómo han vuelto a fumar o cómo lo han vuelto a dejar. Los más virtuosos incluso me han explicado las tres cosas.

He ido de compras a buscar regalos que nadie necesita, junto con otros miles de personas que han decidido hacer el tonto de la misma manera, de forma que montemos grandes atascos y nos tropecemos unos con otros. Tengo moratones en los tobillos de los cochecitos de los niños cuyos padres se empeñan en meterlos en los centros comerciales ya desde pequeños, no vaya a ser que luego les salgan frikis o alternativos o inteligentes o algo.

He sido buena, amable, comprensiva, dulce, divertida, cariñosa… casi todo el tiempo.

Todo ello sin fumar.

Que tiene su mérito.

Queda la Nochevieja. Si consigo pasar la Nochevieja sin una calada, creo que el 2009 me será propicio. Claro que es una noche llena de peligros. Me harán daño los zapatos, se me hará una carrera en la media nada más salir de casa, se me pegará el más borracho para contarme su vida, tendré sueño cuando todavía sea temprano y se me quitará el sueño en el momento de acostarme, con lo que me dormiré al final en el sofá y me despertará la Marcha Radeski a toda pastilla, con los ojos como un oso panda porque, por supuesto, se me habrá pegoteado el rimmel. Y entonces no podré fumarme un cigarrito con medio litro de café.

En fin, valor y al toro. Y feliz año, qué demonios.

(*) Lamarde, tenías razón en lo del destilado, ahora me dedico al oporto y no va mal. He probado con el cava, pero es tan cabezón…

Supongo que no es costumbre contestar a un comentario con una entrada nueva, pero es que el espacio para escribir comentarios es pequeño e incómodo. Además, como no me considero bloguera, como esto no pretendía ser un blog y como, en todo caso, el blog o el no-blog es mío, pues contesto a Zebra.

Hola maldita
Veo que sigues abstinente.
Ya habia intuido que eras dura, jajaj

Hola, Zebra. No soy dura, ni fuerte. Me asustaría mi propia fragilidad, si no estuviese acostumbrada. Lo que sí soy, lo que siempre he sido, es valiente, a veces hasta la insensatez. Eso me ha dado algunos disgustos y también las cosas más valiosas que tengo en la vida.

Aún sabiendo que puedes pensar que me estoy entrometiendo, ya han pasado un montón de días desde que dijiste yanofumar.
Hayas elegido el método que sea, para hacerlo, aquí sigues.

Me da igual que te entrometas o no. De hecho, me he molestado en contestar a casi todos los comentarios que la gente ha hecho, salvo cuando ya no podía responder otra cosa que una grosería. Creo que al principio del blog decía que esto eran desahogos, así que entenderás que lo último que necesitaba eran consejos y moralinas, que todo eso ya me lo sé.

Cada vez escribes más pausado y sin tanta carga emocional, aunque sigas jodida.
Pues de eso se trataba, ¿no?
De ir olvidando el vicio poco a poco.

Tienes razón en la observación, ha bajado la carga emocional, pero te equivocas al analizar las causas. No he olvidado el vicio ni un segundo, salvo cuando estoy durmiendo. Lo que pasa es que estoy cansada, luchar agota. Me muero por un poco de paz, por sentir como sentía antes, aunque fuera un ratito, por volver a vivir en lugar de soportar. Sé que es la adicción, que tiene que ver con la recompensa, con neurotransmisores y neurorreceptores, con dopaminas y endorfinas. Lo sé. Lo que no sé es si con el tiempo volverá todo a ser como antes o si me quedaré para siempre incapacitada para disfrutar de las cosas. Confío en lo primero.

Y siempre jode, aunque estés “convencida” que debes hacerlo.

En eso estamos de acuerdo. El convencimiento es racional y eso es fácil, si uno no es tonto. El problema es el día a día, es vivir.

Me gusta seguirte porque eres mi espejo.
Todos lo somos.
Y en cierto modo cuando andas despotricando también me libera a mi.

¿Todos somos tu espejo? ¿Todos somos espejo de todos? Eso es verdad y mentira a la vez, como todas las frases lapidarias. De todos modos, gracias por seguirme. No escribo para que me lean y no pensaba que a nadie pudiesen interesar mis neuras, pero tengo que reconocer que me reconforta que haya alguien al otro lado.

Cada vez que pienso que estamos ya en diciembre, me hundo en el desánimo más negro. Siempre he odiado las Navidades, pero este año va a ser para abrirse las venas.

¿Cómo se pueden aguantar sin fumar comidas familiares, cenas de compañeros de trabajo, horas y horas de compras absurdas, cientos de correos con felicitaciones para descerebrados, parientes impresentables, conocidos que no ves en todo el año y que es imprescindible ver en cuatro días?

¿Cómo se pueden soportar sin fumar los niños de San Ildefonso cantando eso de los euros? ¿Cómo se puede pasar sin fumar la noche de fin de año, vestida con un trozo de tela que da frío mirarlo, oyendo a todo volumen esa música que habías conseguido evitar incluso en verano, riéndole los chistes al plasta que no baila y que se te ha pegado para variar?

Estoy dudando entre hacerme ermitaña con urgencia o darme totalmente a la bebida. Todo menos bajar al estanco y comprame todas las existencias de Ducados, que es lo que de verdad me pide el cuerpo.

Cuando alguien está a dieta, puede saltársela un día y luego seguir como si nada. Pero dejar de fumar no tiene fines de semana, ni vacaciones, ni pausas para el café. No hay tregua, no se te permite un descuido, ni un desliz, ni se te ocurra relajarte un minuto.

Al principio estaba furiosa. Luego, también. Ahora lo que estoy es triste y cansada, sin ganas de nada.

Y dicho esto, como a algún alma caritativa se le ocurra venir darme una palmadita en la espalda, volveré a ponerme furiosa. Bien pensado, casi prefiero estar furiosa, es más estimulante.

Sentencias que aguanta una a diario, con una sonrisa cada vez más idiota:

La única forma de dejar de fumar es por cojones, dicho mirándote por encima del hombro. Menos mal que una de las ventajas de ser una tía es que no está mal visto que carezcas de semejantes atributos. Siempre he pensado que ser un tío debe ser agotador, todo el día siendo fuerte y valiente.

Tienes que poder tú con el tabaco y no el tabaco contigo, dicho con aires de haber descubierto la pólvora y de querer figurar en el próximo tomo de “Frases célebres”.

Todo está en la cabeza, dicho señalándose la frente con el dedo índice y dando golpecitos. Como si la cabeza no fuese cuerpo.

Lo que a ti te pasa es que realmente no quieres dejar de fumar. Otro descubridor amateur de la pólvora. Nadie quiere dejar de fumar. Queremos estar sanos, vivir mejor, respirar… Pero ¿dejar de fumar? Si la gente realmente quisiera dejar de fumar, no se estarían haciendo ricos los fabricantes de parches de nicotina, los psicoanalistas y los escritores de libros de autoayuda.

Viva la muerte, dicho con un cigarro en la mano.

Me parece que he pillado una gripe.

Tentaciones me dan de quedarme una semana en la cama. Sopita, tisanas, mimos… dormir. Sería como pasar el mono con anestesia.

Mi querido neumólogo, no conforme con las placas, las espirometrías y las auscultaciones, ahora me ha pedido unos análisis para ver no sé qué de las alergias y no sé qué de la tripsina. Es insaciable. Total, para decirme que no fume, tanto espectáculo.

Así que esta mañana he tenido que salir de casa sin un triste café, ni una triste galleta, ni un triste cigarro, claro. Estaba que me comía las uñas, los codos y las rodillas.

Resumen de los consejos del analista, que me sacaba sangre, y la enfermera, que andaba por allí:

No es bueno dejar de fumar del todo, porque estresa mucho. Lo que hay que hacer es fumar menos. Él ha intentado dejarlo cuatro veces y ella dos. Ninguno lo ha conseguido, pero ambos han reducido mucho. Salvo cuando salen de copas, que ambos se disparan.

Sólo alguien que sea tan yonqui como yo sabrá comprender lo que significa que un equipo médico te proporcione una coartada como esa para echarte un cigarrito. A punto estuve de lanzarme como un caza al estanco que hay frente a la consulta. Sí, hay un estanco enfrente. Es que las carga el diablo.

Desayuné un chocolate con tostadas y mucha mantequilla, más un café doble sin nada, que el chocolate da sed. Cuando llego al despacho, mi socio, que es un ordinario, me suelta:

– Querida, o vendes culo o compras pantalón.

Creo que al final empezaré la novena de San Judas Tadeo. Tengo que preguntarle a mi madre cuándo toca.