Cuando dejé de fumar, una de las cosas que me propuse fue no llevar la cuenta de los días, las semanas, los meses. Total –pensaba yo-, si es para siempre, ¿qué más da el tiempo? Así que, cuando alguien me pregunta cuánto llevo sin fumar, contesto con displicencia que no lo sé, mientras miro distraída el estado de mi manicura.
Miento, claro. Lo sé perfectamente.
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